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Orozco visto por la Crítica

 

Los fragmentos de ensayos y artículos aquí presentados pertenecen al libro La zarza rediviva: J.C. Orozco a contraluz compilados por María Inés Torres, Sylvia Navarrete; Mari Carmen Canales y Alicia Lozano bajo la edición de Ernesto Lumbreras que la Secretaría de Cultura del Gobierno de Jalisco y el FCE acaban de poner en circulación con motivo de la exposición José Clemente Orozco. Pintura y Verdad.

 

 

Orozco. (1949)

José Lezama Lima

 

Queda siempre en pie Orozco. Ahora después de su muerte luce todavía más incontaminado y esencial. El drama de sus figuras era el drama de su sangre. Era la lucha de su sangre con su espíritu, de sus formas con su furor. En forma ruda ha cumplido, ha exigido. Es siempre el primer patricio que puede mostrar la pintura americana.

 

 

Orozco y la gran tradición. (1945)
Edmundo O’Gorman

 

Porque dolorosa en verdad es nuestra historia, como doloroso y trágico es el mundo que Orozco muestra; pero no sin esperanza. Nada casual es que algunas imágenes del cubano Martí –“Morirá el tigre con las zarpas en el aire, echando llamas por los ojos”− evoque tan a lo descarado un Orozco; nada casual que ambos, contra el viento de los tiempos que corren y la marea de las imitaciones a la moda, mantengan viva la fe en esta América por lo que ella es; nada casual, en fin, que ambos hagan gala del orgullo de ser sus ciudadanos. Son éstos, rasgos de nuestra gran tradición; y similitud tan notoria entre Orozco y un Martí, por ejemplo, debe ser a nuestra descuida atención como una campanada de catedral en la mitad del sueño.

 

 

Orozco y la pintura mexicana. (1931)
Alma Reed

 

La habilidad de Orozco de aprovechar el tono emocional más profundo, de cualquier tipo y en cualquier situación, y de recrear a partir del material el arquetipo que su sagaz insight produce ya sea amor u odio, ternura o lujuria, crueldad o compasión, ambición, terror, esperanza o desesperación, le da a su trabajo la cualidad de una completa y emotiva satisfacción, que los críticos describen como “el limpio poder de la tragedia griega”.

Si a Orozco se le hubiera dado componer frases, su definición de arte sin duda sería “Primero, emoción; segundo, el poder de comunicar la emoción; y por último, perfeccionar las maneras y los medios de comunicar la emoción”.

 

Traducción de Laura Solórzano

 

 

La evolución estilística de Orozco. (1949)

Jean Charlot

 

Cuando Orozco regresó a la preparatoria a principios de 1926, amplió su primera declaración sobre la revolución. Destruyó los paneles más dañados del primer piso, ambos por su condición arruinada y porque el sabor neoclásico de los musculosos gigantes no lo satisfacían más. Estaba ahora contento de tener a su maestro albañil como modelo voluntario, cuyos redondos hombros, panza y espeso bigote, están multiplicados en los frescos de ese periodo. Trabajó contra extremosos contratiempos, la frecuente y agresiva confusión de las bromas estudiantiles, perseverando penosamente para alcanzar una técnica individual, agobiado por un salario muy por debajo de lo estándares de una vida familiar, y con el peligro de una segunda suspensión del trabajo colgando amenazadoramente sobre su cabeza. Fue en ese momento cuando pintó en la planta baja los paneles simbólicos de temas revolucionarios (Trinidad revolucionaria, La trinchera, La destrucción del viejo orden) y en el corredor superior la serie de temas revolucionarios (Retaguardia, Reconstrucción, Sepulturero, Mujeres en el campo, La despedida, etc.) que permanecen sin igual en su labor de concentrar la profundidad de testimonio.

 

Traducción de Laura Solórzano

 

 

Los muertosJosé Clemente Orozco. (1940)

Carlos Mérida

 

El mural de la Capilla del Hospicio constituye una de las más admirables obras que se haya pintado no sólo en América, sino en el mundo. Guadalajara debe sentirse orgullosa de poder mostrar a la curiosidad del visitante la más perfecta expresión plástica de uno de nuestros más grandes artistas.

 

 

Orozco y Beckmann. El peso de la historia. (1981)

Hans Haufe

 

A Orozco y a Beckmann los une el fuerte rechazo de comentarios y teorías; los dos pueden expresarse ante todo como pintores; los testimonios propios por escrito –sobre todo en el caso de Orozco– tienen poca importancia para ambos. Cuando se expresan sobre arte, lo hacen de manera asistemática, bajo la obligación de circunstancias concretas. Si en 1938 Beckmann destacó que él tenía que buscar la sabiduría con los ojos, “ya que nada sería más risible y sin trascendencia que una visión del mundo pintada cerebralmente, sin el terrible furor que proporcionan los sentidos para cada forma de belleza y de fealdad de lo visible” , Orozco enfatiza de manera muy similar la preeminencia de los sentidos, y mantiene su postura de que las explicaciones, las condiciones sociales, el título de la obra, son aspectos de segundo orden para el proceso creativo. Debido a sus convicciones humanistas radicales, Beckmann y Orozco rehúyen las consignas en boga, la firma de cartas colectivas y los ismos, por considerarlos una visión simplista de la realidad. El escepticismo de su visión del mundo no puede ser traducido a los cómodos denominadores de una ideología. Beckmann lo formuló por ambos: “El arte, junto a la religión y la ciencia, siempre ha sido colaborador y libertador en la ruta de la humanidad.”

 

Traducción de Gonzalo Vélez

 

 

Revueltas recuerda a Orozco. (1952)

Entrevista con Víctor Alba

 

Afinidad sentimental.

 

- Aunque no intimé mucho con Orozco, había entre él y yo una afinidad sentimental. La pintura de Fermín, mi hermano, por ejemplo, era alegre, juvenil por su colorido. Orozco descendía directamente del Greco y gentes como él tienen preocupaciones metafísicas. “No sé cómo preparaba su trabajo. Pero seguramente ordenaba previamente los materiales, sin preocupación alguna de carácter digamos literario. Un compañero suyo de Guadalajara, que fue su auxiliar, Francisco Sánchez Flores, me hablaba un día del ritmo sobrehumano de trabajo de José Clemente. A veces, después de terminar un muro, no le gustaba e, implacable, ordenaba borrarlo totalmente, sin tener en cuenta las horas y las angustias empleadas en pintarlo. Por esto, en Orozco había más rigor que en cualquier otro artista, aunque a veces se descubra un aparente abandono superficial de la técnica. “Orozco, en el fondo, era así en todo. Recuerdo que una vez fui a verlo para pedirle que firmara una protesta por el asesinato de niños por los alemanes.

 

- Firmaré si, a la vez, se hace una protesta ante los aliados por el asesinato de niños alemanes – me contestó. “Incidentalmente, la persona que me acompañaba dijo mi nombre. Orozco, que hacía años no me veía, exclamó:

 

“- Claro, así que eres tú –y añadió en seguida: A ver, dame ese papel…¿dónde hay que firmar?

 

“Trataba siempre de conservar a ultranza su independencia, pero reaccionaba con ternura y simpatía personal. Quizás este mismo anhelo de independencia lo mantenía muy aislado de los pintores”.

 

 

Presencia inmortal de Orozco. (1949)
Jorge Juan Crespo de la Serna.

 

Están frescos en mí los últimos momentos, llenos de estupor, de desgarramiento del alma, de vacío, suscitados por la súbita muerte de José Clemente Orozco. Me siento impotente para coordinar juicios sobre su vida y su obra, para los que se ha menester de esa calma que viene después de toda tempestad. Acabo de revisar su correspondencia conmigo, en varias épocas de su existencia. Esto ha removido aún más mi dolor, al traerme imágenes vívidas de otros tiempos; al volver a escuchar el dialogo únicamente interrumpido por ausencias o separaciones físicas, que jamás existieron entre nosotros en lo artístico, en lo mental, en lo puramente afectivo. Son interesantísimas estas cartas del grande hombre. Reflejan aspectos sencillos de su esencia humanísima y cordial. Campean en ella chispazos de humorismo y de jovial mordacidad, en que son se respeta ni a sí mismo. (…) No se aparta en su pintura – ya consagrada universalmente – de su constante y atinado concepto de la vida en que él participa como participamos todos. Lo que pinta es lo que escribe en sus cartas, lo que dice en sus conversaciones, lo que dice en sus silencios, lo que incrusta en la carne y en el espíritu de sus fogosas y rápidas contestaciones, con sus vigorosas e independientes “declaraciones”. Su pintura es él y él es su pintura.

 

 

Estudio para Antiguo sacrificio humanoDe trincheras y paisajes metafísicos. (1979)

Olivier Debroise

 

El fuego en libertad, incontrolable, irradia con su luz en desorden la obra mural de Orozco. Se apodera de su pincel. El trazo, vigoroso, ya no se atiene a los requerimientos del realismo. Orozco contrasta violentamente rojos y blancos, pinta fogosas nervaduras, arrugas expresivas, abstractos sistemas sanguíneos, musculaturas imponentes, cenicientos esqueletos. Las llamas infernales y rejuvenecedoras se transforman en anatomías desolladas de dolorosos seres que luchan por un ideal cósmico. Las flamas envuelven todos los volúmenes, son formas en sí que no dejan espacio libre, consumiendo todo a su paso. Orozco-Prometeo arde en el fuego robado en el Pomona College que incendia el Hospicio Cabañas.

 

 

El arte gráfico de Orozco. (1934)

Laurence Schmeckebier

 

Los grandes frescos de José Clemente Orozco en la Escuela Nacional Preparatoria en la Ciudad de México, han sido justamente elogiados por críticos americanos y europeos como uno de los más poderosos ejemplos de la pintura monumental de los tiempos modernos. (…) Sin embargo, el carácter monumental del arte gráfico de Orozco, en general, no ha sido reconocido. La razón puede estar en el hecho de que casi todos los temas son representados con una increíble intensidad de sentimiento. Ya sea el motivo satírico o compasivo, el énfasis está en la fuerza de la expresión. Las libertades que se toma el artista con el fin de alcanzar este poder, lo ha dejado a expensas de una gran cantidad de crítica injustificada; por un lado es elogiado hasta el cielo –un “Goya mexicano”— por admiradores bien intencionados y por el otro es condenado como un mero caricaturista por académicos mexicanos y por muchos de sus envidiosos colegas. De hecho, son precisamente la profundidad del sentimiento y la perfección con la cual se expresa, lo que da a su trabajo un indudable carácter individual digno de ser llamado “monumental”.

 

 

José Clemente Orozco. (1949)
Rubén Salazar Mallén

 

No ha descubierto el Mediterráneo Manuel Rodríguez Lozano con decir que la muerte de José Clemente Orozco está siendo capitalizada por David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera. Antes al contrario, no ha hecho sino repetir un lugar común que ya estaba en todas las mentes y en todos los labios cuando Rodríguez Lozano vino a proferirlo. ¿A quién no se le iba ocurrir tal cosa, en viendo la grotesca congoja de los supervivientes del triángulo de “grandes”? Incuestionablemente que a Alfaro Siqueiros y a Rivera no les importaba desde un ángulo sentimental la muerte de Orozco; pero sí desde el punto de vista del interés práctico, inmediato y desde otro más trascendental: empujando a Orozco a la Rotonda de los Hombres Ilustres, ellos mismos se abrían paso hacia ese sitio de descanso. Dentro de cincuenta, sesenta años, los niños de las escuelas, al llegar a la Rotonda, verían unos oscuros nombres: “Alfaro Siqueiros” “Diego Rivera”, y preguntarían a sus maestros: “¿Quiénes fueron esos señores? ¿Qué batallas ganaron?” Los maestros, un poco confusos, responderían: “No, no se dedicaron a ganar batallas, sino a pintar”, Y, para no mentir: “…Creo”.

 

 

El arte de José Clemente Orozco (1926)
Alejo Carpentier

 

Aun en sus momentos de relativa ingenuidad, la obra de Orozco realiza un especie de apostolado pictórico, animada de un espíritu análogo al que originó la pintura religiosa de la Edad Media, pero sirviendo a una nueva y noble causa. Creados para la multitud, como las obras de arte revolucionario ruso, esos frescos sólo aspiran a llegar directamente al corazón del pueblo con la mayor elocuencia posible. Ajenos a todo academismo timorato, se orientan hacia una nueva belleza por medio de estilizaciones poderosas. En ellos se ha dado traducción plástica a un mundo de aspiraciones y de ideales que resumen todo un momento de la vida mexicana contemporánea.

 

José Clemente Orozco es una de las grandes figuras del arte de nuestra América.

 

 

 

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